ROJOSANGRE-VERDESOJA
Un articulo mas que interesante.....
Marzo está lejos de ser solamente el mes en que el otoño viste de amarillo las veredas y llena de nostalgia a los poetas.
En marzo comienzan las clases, se visten de blanco guardapolvo los caminos de tierra de esos pueblos perdidos que de tan recónditos nadie recuerda, pero que son tan nuestros como los asfaltos de las grandes urbes.
Y marzo trae implícita la renovada fuerza de los maestros que esperan todo el verano con salarios miserables integrados por hipócritas cifras en negro estatal que no servirán para ser computadas ni para los aguinaldos ni para las jubilaciones.
Agazapados bajo el sol del estío, los docentes esperan a ser sacados del olvido de la temporada de verano vacaciones y arremeten con medidas de fuerza legítimas para postergaciones históricas.
Así fue en Neuquén, hace apenas un año. Y después de tres semanas de piquetes docentes cortando rutas, llegó abril trayendo una muerte amortajada por la represión tan estatal como las hipócritas cifras en negro ni siquiera ocultas en los recibos de sueldo.
Moría Carlos Fuentealba y se enlutaba el blanco guardapolvo para teñirse de negro bronca, negro dolor, negro impotencia, negrofuria.
Fue por entonces cuando todos creímos interpretar el mensaje tantas veces repetido con rojo muerte: las calles, los puentes, las rutas, no pueden ser cortadas o la respuesta estatal no se hará esperar y será la represión sangrienta de los nuestros, los que trabajamos cada día vendiendo nuestra fuerza de trabajo. Y no importa quién gobierne, porque la respuesta siempre es la misma.
Rojomuerte fueron las calles de Ushuaia por el ’95, años de Menem, y moría Victor Choque.
Rojomuerte la bala que asesinó a Teresa Rodríguez en Cutral-Có que tuvo también a Menem y a Sobisch como telón de fondo.
Rojomuerte el Puente Chaco-Corrientes y las balas que ultimaban a Francisco Escobar y Mauro Ojeda, pero esa vez el escenario tenía como personaje principal a Fernando De la Rúa, quien de rojomuerte carga sobre sus espaldas, exactamente, cuarenta muertes por represión, entre las que se cuentan la de Aníbal Verón en Salta y las treinta y tres de diciembre de 2001.
De rojomuerte se tiñó Duhalde quien, en otro puente, el Pueyrredón, se apropiaba, para nuestra colectiva memoria, de la vida de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán.
Y así pasaron y siguen pasando los presidentes, los responsables, los ejecutores, los gobernadores, los que apuntan y tiran cuando las calles se transforman en espejos de protesta. Es que ninguno aguanta que se hagan visibles las pústulas del sistema que defienden y representan y que esconden lo más prolijamente que pueden debajo de la alfombra. No perdonan que se noten tanto sus miserias reflejadas en las gargantas de los gritos populares cuando estalla la paciencia.
Sin embargo, hay quienes pueden cortar rutas sin que el rojomuerte los aceche como un estigma, una amenaza, un presagio.
Son patrones. Ellos hacen “paros” que impiden que toneladas de alimentos lleguen a los que venden su fuerza de trabajo por salarios miserables con ajustes “anuales” aún más miserables.
Y es entonces cuando miramos atónitos por la tele sus relucientes camionetas cuatro por cuatro y su inconfesable hipocresía rezando que son “pequeños” productores. Los medios masivos de comunicación, siempre a su disposición, siguen palmo a palmo, minuto a minuto, segundo a segundo, cada estupidez que vociferan, como si fuera obligatorio socializar sus cuitas de aparentes víctimas. Como si fuera imprescindible nuestra comprensión para justificar el desabastecimiento al que nos someten y del que sólo ellos y sus gobiernos son responsables. Como si fuera necesario contarnos como cómplices para mantener sus malditas tasas de ganancias. Y es entonces cuando todo se trastoca y se intenta engatusarnos vilmente con el “reclamo del campo” tratando de igualarlo con los reclamos del rojomuerte. Ellos no van a pie a las rutas para hacer sus piquetes. Ellos van en sus tractores, sus coches último modelo, sus camionetas llenas de faroles insolentes, sus propiedades móviles porque, si algo es seguro, es que son propietarios no sólo de lo que muestra la tele, sino de la tierra que produce sus ganancias. Y arrastran y obligan a sus propios explotados y mal pagos peones, para que le den un aspecto popular a su nefasto mal llamado “paro”, cuando en realidad, simple y llanamente, se trata de un lock out patronal…
Y pasan los días y nos preguntamos cuándo llegarán los portadores de lanza gases, palos, balas de goma, para repetirles la lección de que las calles, las rutas y los puentes no se pueden cortar.
Y esperamos en vano, mirando por la tele, mal tragando reportajes a siniestros personajes, cómplices y artífices de dictaduras tan sangrientas que regaron de rojomuerte el país entero y aún cargan sobre sus espaldas las vidas de treinta mil de los nuestros. Y los siniestros vociferan en tonos calmos y educados, con palabras envolventes o agitadoras, dependiendo del contexto de las cámaras o de los reporteros cómplices, aparentes “neutrales” periodistas y “analistas” políticos.
Y por primera vez los verdaderos campesinos pobres quedan en evidencia en tanto tiempo: ellos siguen vendiendo sus productos, no hacen paro, porque tienen claro que los que ahora protestan son los mismos que los matan por los campos y les quitan sus legítimas tierras. Es el gran momento en que los masivos medios se acuerdan de los olvidados de la tierra y descubren al MOCASE de Santiago del Estero, al MOCAFOR de Formosa y a todos esos movimientos campesinos de Jujuy, Córdoba, Misiones, invisibilizados por los grandes propietarios que fueron, son y serán los mismos que los invisten de rojomuerte cuando ven peligrar sus malditos intereses.
Es entonces cuando no encontramos demasiadas explicaciones para los sucesores del Grito de Alcorta y la brutal amnesia que los hace olvidar del rojomuerte de sus originales padres, los dirigentes agrarios anarquistas Francisco Mena y Eduardo Barros, como también del rojomuerte fusilamiento de Francisco Netri, propulsores de la Federación Agraria Argentina, surgida tras formidables luchas reivindicativas de campesinos explotados, en agosto de 1912. La amnesia trasciende hasta olvidarlo todo, inclusive la consigna principal que los llevó a existir, hoy, como “dirigentes”: la tierra para el que la trabaja… algo que no aplican a su peonada sometida, tomando su presencia de prestado para que los acompañe mientras toman mate a la vera de las rutas con bombillas de oro y plata.
En una inverosímil licuadora, sólo explicable por coincidentes intereses de clase, se mezclan las reaccionarias Sociedad Rural Argentina y Confederación Rural Argentina, con los “cooperativistas” de CONINAGRO y la Federación Agraria Argentina, los sucesores del Grito de Alcorta...
Después, en un aparente manto de piedad hacia los consumidores internos, levantan el paro. Una nueva mentira se cuece a fuego rápido: tienen que volver urgentemente a sus tierras, la soja madura espera con poco tiempo para ser cosechada y si no se hace en el momento justo, no podrán exportarla y recibir sus ganancias en dólares, esos mismos dólares que se deprecian en todo el mundo como consecuencia de la crisis del imperialismo, pero que aquí siguen sobrevaluados para beneficiarlos SÓLO a ellos, los patrones que hacen los reclamos del “campo”.
El respiro dura poco. Allí están nuevamente inundando las pantallas de la tele y las rutas con sus falaces argumentos. Mientras tanto, todos los precios de la canasta familiar han subido y vemos cómo se diluyen, antes de cobrarlos, los magros, miserables e indignantes aumentos salariales que nos han conseguido nuestros “representantes” sindicales, la mayoría de los cuales también poseen grandes porciones de tierra, estancias y negocios vinculados con el “campo”.
Todos hemos aprendido algo en los días de este otoño: que a ellos, los propietarios de la tierra, la gendarmería los mirará y tratará con respeto pusilánime, se pondrá a prudente distancia reverente, les hará “sugerencias” tibias que no molesten demasiado a sus sensibles corazones y jamás los apuntará con sus lanza gases, sus balas de goma y sus palos.
Hemos aprendido que la leche no es la que muchos niños esperan con la taza vacía e impaciente, sino que es la que corre cual río por las rutas del país en un promiscuo despilfarro vomitivo…
Hemos aprendido que la fruta no es la que ponemos en nuestra mesa cuando nos alcanza el salario para fruta, sino la que se pudre por toneladas en los camiones a lo largo de kilómetros y kilómetros de atasco revulsivo y patronal.
Hemos aprendido que el asadito de los domingos sólo pertenece a un mito argentino, porque muy pocos están para esos “lujos” y no somos nosotros precisamente sus destinatarios, sino los que recibirán en el exterior las exportaciones “argentinas”.
Hemos aprendido que el “campo” no es verdesoja para todos, sino que para los pobres de la tierra sigue siendo rojosangre.
Hemos aprendido que las rutas se tiñen de rojosangre cuando las ocupamos nosotros.
Hemos aprendido que los colores no dependen del cristal con que se mira, sino de acuerdo con la clase a la que se pertenece.
Sólo nos falta convencernos de que es posible dar vuelta el destino de los colores…
Marzo está lejos de ser solamente el mes en que el otoño viste de amarillo las veredas y llena de nostalgia a los poetas.
En marzo comienzan las clases, se visten de blanco guardapolvo los caminos de tierra de esos pueblos perdidos que de tan recónditos nadie recuerda, pero que son tan nuestros como los asfaltos de las grandes urbes.
Y marzo trae implícita la renovada fuerza de los maestros que esperan todo el verano con salarios miserables integrados por hipócritas cifras en negro estatal que no servirán para ser computadas ni para los aguinaldos ni para las jubilaciones.
Agazapados bajo el sol del estío, los docentes esperan a ser sacados del olvido de la temporada de verano vacaciones y arremeten con medidas de fuerza legítimas para postergaciones históricas.
Así fue en Neuquén, hace apenas un año. Y después de tres semanas de piquetes docentes cortando rutas, llegó abril trayendo una muerte amortajada por la represión tan estatal como las hipócritas cifras en negro ni siquiera ocultas en los recibos de sueldo.
Moría Carlos Fuentealba y se enlutaba el blanco guardapolvo para teñirse de negro bronca, negro dolor, negro impotencia, negrofuria.
Fue por entonces cuando todos creímos interpretar el mensaje tantas veces repetido con rojo muerte: las calles, los puentes, las rutas, no pueden ser cortadas o la respuesta estatal no se hará esperar y será la represión sangrienta de los nuestros, los que trabajamos cada día vendiendo nuestra fuerza de trabajo. Y no importa quién gobierne, porque la respuesta siempre es la misma.
Rojomuerte fueron las calles de Ushuaia por el ’95, años de Menem, y moría Victor Choque.
Rojomuerte la bala que asesinó a Teresa Rodríguez en Cutral-Có que tuvo también a Menem y a Sobisch como telón de fondo.
Rojomuerte el Puente Chaco-Corrientes y las balas que ultimaban a Francisco Escobar y Mauro Ojeda, pero esa vez el escenario tenía como personaje principal a Fernando De la Rúa, quien de rojomuerte carga sobre sus espaldas, exactamente, cuarenta muertes por represión, entre las que se cuentan la de Aníbal Verón en Salta y las treinta y tres de diciembre de 2001.
De rojomuerte se tiñó Duhalde quien, en otro puente, el Pueyrredón, se apropiaba, para nuestra colectiva memoria, de la vida de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán.
Y así pasaron y siguen pasando los presidentes, los responsables, los ejecutores, los gobernadores, los que apuntan y tiran cuando las calles se transforman en espejos de protesta. Es que ninguno aguanta que se hagan visibles las pústulas del sistema que defienden y representan y que esconden lo más prolijamente que pueden debajo de la alfombra. No perdonan que se noten tanto sus miserias reflejadas en las gargantas de los gritos populares cuando estalla la paciencia.
Sin embargo, hay quienes pueden cortar rutas sin que el rojomuerte los aceche como un estigma, una amenaza, un presagio.
Son patrones. Ellos hacen “paros” que impiden que toneladas de alimentos lleguen a los que venden su fuerza de trabajo por salarios miserables con ajustes “anuales” aún más miserables.
Y es entonces cuando miramos atónitos por la tele sus relucientes camionetas cuatro por cuatro y su inconfesable hipocresía rezando que son “pequeños” productores. Los medios masivos de comunicación, siempre a su disposición, siguen palmo a palmo, minuto a minuto, segundo a segundo, cada estupidez que vociferan, como si fuera obligatorio socializar sus cuitas de aparentes víctimas. Como si fuera imprescindible nuestra comprensión para justificar el desabastecimiento al que nos someten y del que sólo ellos y sus gobiernos son responsables. Como si fuera necesario contarnos como cómplices para mantener sus malditas tasas de ganancias. Y es entonces cuando todo se trastoca y se intenta engatusarnos vilmente con el “reclamo del campo” tratando de igualarlo con los reclamos del rojomuerte. Ellos no van a pie a las rutas para hacer sus piquetes. Ellos van en sus tractores, sus coches último modelo, sus camionetas llenas de faroles insolentes, sus propiedades móviles porque, si algo es seguro, es que son propietarios no sólo de lo que muestra la tele, sino de la tierra que produce sus ganancias. Y arrastran y obligan a sus propios explotados y mal pagos peones, para que le den un aspecto popular a su nefasto mal llamado “paro”, cuando en realidad, simple y llanamente, se trata de un lock out patronal…
Y pasan los días y nos preguntamos cuándo llegarán los portadores de lanza gases, palos, balas de goma, para repetirles la lección de que las calles, las rutas y los puentes no se pueden cortar.
Y esperamos en vano, mirando por la tele, mal tragando reportajes a siniestros personajes, cómplices y artífices de dictaduras tan sangrientas que regaron de rojomuerte el país entero y aún cargan sobre sus espaldas las vidas de treinta mil de los nuestros. Y los siniestros vociferan en tonos calmos y educados, con palabras envolventes o agitadoras, dependiendo del contexto de las cámaras o de los reporteros cómplices, aparentes “neutrales” periodistas y “analistas” políticos.
Y por primera vez los verdaderos campesinos pobres quedan en evidencia en tanto tiempo: ellos siguen vendiendo sus productos, no hacen paro, porque tienen claro que los que ahora protestan son los mismos que los matan por los campos y les quitan sus legítimas tierras. Es el gran momento en que los masivos medios se acuerdan de los olvidados de la tierra y descubren al MOCASE de Santiago del Estero, al MOCAFOR de Formosa y a todos esos movimientos campesinos de Jujuy, Córdoba, Misiones, invisibilizados por los grandes propietarios que fueron, son y serán los mismos que los invisten de rojomuerte cuando ven peligrar sus malditos intereses.
Es entonces cuando no encontramos demasiadas explicaciones para los sucesores del Grito de Alcorta y la brutal amnesia que los hace olvidar del rojomuerte de sus originales padres, los dirigentes agrarios anarquistas Francisco Mena y Eduardo Barros, como también del rojomuerte fusilamiento de Francisco Netri, propulsores de la Federación Agraria Argentina, surgida tras formidables luchas reivindicativas de campesinos explotados, en agosto de 1912. La amnesia trasciende hasta olvidarlo todo, inclusive la consigna principal que los llevó a existir, hoy, como “dirigentes”: la tierra para el que la trabaja… algo que no aplican a su peonada sometida, tomando su presencia de prestado para que los acompañe mientras toman mate a la vera de las rutas con bombillas de oro y plata.
En una inverosímil licuadora, sólo explicable por coincidentes intereses de clase, se mezclan las reaccionarias Sociedad Rural Argentina y Confederación Rural Argentina, con los “cooperativistas” de CONINAGRO y la Federación Agraria Argentina, los sucesores del Grito de Alcorta...
Después, en un aparente manto de piedad hacia los consumidores internos, levantan el paro. Una nueva mentira se cuece a fuego rápido: tienen que volver urgentemente a sus tierras, la soja madura espera con poco tiempo para ser cosechada y si no se hace en el momento justo, no podrán exportarla y recibir sus ganancias en dólares, esos mismos dólares que se deprecian en todo el mundo como consecuencia de la crisis del imperialismo, pero que aquí siguen sobrevaluados para beneficiarlos SÓLO a ellos, los patrones que hacen los reclamos del “campo”.
El respiro dura poco. Allí están nuevamente inundando las pantallas de la tele y las rutas con sus falaces argumentos. Mientras tanto, todos los precios de la canasta familiar han subido y vemos cómo se diluyen, antes de cobrarlos, los magros, miserables e indignantes aumentos salariales que nos han conseguido nuestros “representantes” sindicales, la mayoría de los cuales también poseen grandes porciones de tierra, estancias y negocios vinculados con el “campo”.
Todos hemos aprendido algo en los días de este otoño: que a ellos, los propietarios de la tierra, la gendarmería los mirará y tratará con respeto pusilánime, se pondrá a prudente distancia reverente, les hará “sugerencias” tibias que no molesten demasiado a sus sensibles corazones y jamás los apuntará con sus lanza gases, sus balas de goma y sus palos.
Hemos aprendido que la leche no es la que muchos niños esperan con la taza vacía e impaciente, sino que es la que corre cual río por las rutas del país en un promiscuo despilfarro vomitivo…
Hemos aprendido que la fruta no es la que ponemos en nuestra mesa cuando nos alcanza el salario para fruta, sino la que se pudre por toneladas en los camiones a lo largo de kilómetros y kilómetros de atasco revulsivo y patronal.
Hemos aprendido que el asadito de los domingos sólo pertenece a un mito argentino, porque muy pocos están para esos “lujos” y no somos nosotros precisamente sus destinatarios, sino los que recibirán en el exterior las exportaciones “argentinas”.
Hemos aprendido que el “campo” no es verdesoja para todos, sino que para los pobres de la tierra sigue siendo rojosangre.
Hemos aprendido que las rutas se tiñen de rojosangre cuando las ocupamos nosotros.
Hemos aprendido que los colores no dependen del cristal con que se mira, sino de acuerdo con la clase a la que se pertenece.
Sólo nos falta convencernos de que es posible dar vuelta el destino de los colores…
Etiquetas: Escrito por ***Amanda Cánepa***

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